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jueves, 21 de agosto de 2008

Relatos Eróticos: Mi confianza en el Doctor

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Mi esposa y yo tenemos un matrimonio sin muchos contratiempos, ni grandes historias, vivimos en Montevideo, y no tenemos problemas económicos. Mi mujer me pidió que la lleve al médico porque tenía algunos dolores y de paso, hacerse una revisión de rutina. El hecho de acompañar a mi mujer a su visita a un ginecólogo, me llenaba de excitación, sabiendo que tendría que desnudarse delante de otro hombre.

En la sala de espera, colgada de mi brazo, mi hermosa esposa, Andrea, es una típica argentina descendiente de italianos, suizos, y algún gaucho con sangre india, es una bella morena de ojos claros, delgada y alta con muy buenos pechos, y un culito chico pero redondito, que se viste muy conservadoramente, tiene 32 años muy bien llevados, gimnasio mediante, es profesora de inglés en una escuela secundaria y tiene un carácter muy fuerte, es bastante antigua en el tema del sexo y es difícil hacerla calentar. Viste siempre muy sencillo y nada llamativa, pero me excitaba mirando sus pechos que se dejaban entrever abultados abajo del pulóver, por abajo llevada un vaquero ajustado que le hermoseaba sus caderas, su culo y sus hermosas piernas, en sus pies unas sandalias con tacos, que la hacían casi mas alta que yo, y en sus tobillos unas pulseritas como esclavas, que hacían ruidito cuando caminaba.

Acababa de entrar al consultorio una mujer rubia muy hermosa, y yo me ratoneaba imaginándola desnuda y en la camilla esperando la revisión del médico, le hice un comentario a Andrea sobre ella y el doctor, y ella me respondió, cállate vos, siempre el mismo morboso, yo le hacía algunos arrumacos y ella me agarraba mas fuerte apretándome el brazo como buscando refugio.

El Médico era un tipo alto con unas manazas y dedos larguísimos, de unos 38 años aproximadamente se ve que tenía muchas pacientes gracias a esos dedazos, no me los imaginaba dentro del chocho de mi esposa, y pensaba que dentro de poco tendría la posibilidad de verla gemir de dolor.

Nos tocó el turno, y pasamos adentro del consultorio, yo me senté con vista a un pequeño biombo, y detrás de un divisorio de plástico traslúcido, se veía la camilla ginecológica, la habitación tenía una ventana que estaba cerrada y un respiradero en la parte de atrás a la altura de los marcos. Mi esposa estaba nerviosa pero también la noté excitada, imaginando lo que le iban a hacer, sus ojos verdes brillaban más que otras veces y me miraba como con compasión, como si me estuviera a punto de engañarme o pasarme el cuarto como decimos acá.

Después de los saludos, y comentarios triviales de siempre, algunas preguntas sobre la salud de mi esposa y los síntomas que podría tener, le dijo que la tendría que revisar y le indicó que se desnudara detrás del biombo, yo disimuladamente me corrí para atrás para disfrutar viendo el magnífico cuerpo de mi mujer, que se quitó los pantalones y la parte de arriba, y quedó en corpiño y bombacha, la que se le metía por la raya de su culito y me volvía loco, un juego de lencería negro con bordes de encaje, que me quitaba el aire, salió de atrás del biombo, preguntándole al médico si estaba bien así, éste levanto los ojos y quedó alelado, pero reaccionó enseguida y le dijo, que no, que se sacara todo, y mi mujer volvió atrás y se empezó a quitar el brassier, soltando sus tetas magnificas, que ya tenían los pezones duros por los nervios y la excitación, a mi se me empezó a parar viendo las aureolas y sus formas perfectas, se sacó la tanga, agachándose con el trasero hacia a mí, mostrándome sus nalgas y largas y entornadas piernas, que eran su orgullo y un lunar en el cachete izquierdo del culo. Mi mujer se puso la bata verde y salió de atrás del biombo y se acercó a la camilla, que ya me quedaba un poco fuera del alcance de mi vista, el medico le dijo, que se acueste y ponga los pies en los apoyos, con lo que quedaba completamente expuesta y con su coñito depilado a la vista, pero no la mía, mi mujer juntó las rodillas y se cubrió todo lo que pudo, yo podía verle las piernas por debajo de la bata y sus nalgas que se aplastaban contra la camilla, el canal oscuro de su pelvis y el pliegue de su cola donde empiezan las piernas, lo que me acentuaba la erección.

Mientras el médico, se acercó y buscaba unos guantes finos de goma casi transparentes, se los colocaba, y le agarró las rodillas y se las separó, para empezar a trabajar en su coño. Alcancé a ver la cara de susto de Andrea, al sentirse completamente abierta.

El médico tomo un pomo de agua y le tiro agua en su pubis, y luego se lo secó, - tiene irritado y un principio de hemorroides en su ano, le dijo, - sí, me arde le dijo mi mujer, -le pondré una pomada, que tomo y la hizo ponerse en cuatro patas en la camilla, con lo que le levantó la bata descubriendo un culo blanco y redondo como para desfallecer, le colocó la pomada lentamente, rodeando su agujerito e introduciéndole un poco su dedo a lo que Andrea frunció su cara y elevó la cabeza en gesto de dolor, me arde más todavía insistió, y el médico estuvo un par de minutos masajeándole su entradita posterior, cuando se alivió un poco la hizo ponerse como al principio, se dió la vuelta y tomó un aparatito de plástico, se dirigió a la camilla, lo colocó delicadamente en la entrada de la vagina y de a poco se lo fue introduciendo en el coñito, mi esposa gimió, - le duele mucho preguntó, yo me excité de sobremanera y me corrí para ver mejor, en ese momento el medicó reparó en mí, y mirándome fijamente, se dió cuenta de mi estado de nervios, y me pidió si me podía retirar porque, haría mejor su trabajo sin tener la presión del marido de la paciente, mirando la terapia invasiva que le iba a hacer a la esposa.

Muy perturbado, tuve que retirarme, y cuando se cerró la puerta, me quedé solo en la sala de espera, con una angustia en el pecho y en un estado de incontrolable excitación, me perseguía la imagen de mi mujer dentro de esa bata, y sabiendo que no tenía nada debajo, y encima encerrada con un hombre que la tenía totalmente a su merced, no sabía que hacer, desde el consultorio sentí más gemidos de mi esposa, lo que me volvía loco, alcance a sentir la voz del médico pero no pude descifrar sus palabras, así durante un largo rato, traté de escuchar e imaginar lo que le estaba haciendo a mi esposa, seguían los gemidos un poco mas fuertes, y pegué la oreja a la puerta, para sentir mejor, en eso veo a una mucama que sale por una puerta del pasillo de atrás, puerta que seguro daría a un cuarto atrás del consultorio, pensé que escucharía mejor y no correría riesgo de que viniera alguna otra paciente a la sala de espera y me frustrara la posibilidad de por lo menos oír lo que pasaba adentro. Me levanté y me fui hasta el cuarto ese, abrí la puerta, entré, me encerré y comprobé que se escuchaba todo lo que pasaba adentro con mi mujer, que ya se había calmado y hablaba con el médico, diciéndole que le ardía el ano, y la pomada le daba mucho calor, el médico le contestó que ya le iba a pasar, yo me pregunté porqué se oía tan bien y me dí cuenta que el respiradero que había visto en la parte alta y posterior del consultorio daba a este cuarto, y estaba abierto, por lo que me subí a un tacho que había y miré por el respiradero, la vista era magnífica, me llené de alegría.

-Abrase la bata que le voy a hacer un examen de mamas- le dijo el médico, a mi mujer se le puso la piel de gallina, entonces el médico al ver que no reaccionaba, le abrió los bordes superiores de la bata poniendo sus hermosos senos al descubierto, y yo, como el médico, podíamos admirar su magnifico cuerpo completamente desnudo, ella ruborizada, trató de cerrar la parte inferior de la bata, tapando su pelvis, pero por la posición de sus piernas con las rodillas levantadas, la bata se deslizaba hacia abajo, y la dejaba expuesta totalmente, tranquila le dijo al notar, la piel tensa y los pezones duros, mientras le empezaba a masajear sus tetas, perfectas que le cabían justo en su mano, yo pensaba en como lo estaría disfrutando el maldito, la cara de mi mujer ya denotaba una marcada excitación y empezó a gemir pero de placer me pareció, ya que antes le habían estado trabajando el coño y el culito. El médico tenia ya un abultado paquete en su entrepierna alcancé a notar, mientras le masajeaba las tetas con las dos manos, sin los guantes, rozó varias veces el bulto contra el costado de mi esposa, le agarró los pezones y tiró de ellos, observando como volvían a su lugar, mi esposa ya no daba más de placer según yo lo veía en su cara y se tocaba disimuladamente la entrepierna, el médico al darse cuenta, dejó de masajearle las tetas y le dijo que le iba a hacer un tacto, dándose cuenta de la mojadura en sus labios vaginales que brillaban. Andrea, ya no intentó taparse y se quedó expuesta, el médico, en forma adrede sin los guantes, le empezó a meter un dedo en su vagina, y con la otra le acariciaba el interior de sus muslos, y frotaba su clítoris, con la clara intención de excitarla hasta donde pudiera, la cara de mi esposa era la imagen del placer, su cabeza hacía un vaivén de un lado a otro como buscando un alivio a su calentura, sintiendo ese dedo que entraba y salía repetidas veces y que se retorcía dentro de ella, entonces el médico le introdujo otro o sea los dos a la vez, ella pegó un grito tremendo, retorciéndose en la camilla, pellizcándose los pezones, a lo que el médico se le acercó ofreciéndole el bulto, mi esposa le agarró el pantalón, y le empezó a buscar la pija, cuando se la sacó, estallando enfurecida, pudo admirar un tremendo pedazo de carne con una cabeza desproporcionada, mientras seguía sintiendo los dedos abriendo y revolviendo su vagina, mi esposa tomó el pene descomunal y lo empezó a acariciar, pero el médico la obligó a llevárselo a su boca, como no le entraba, le lamía los costados, y en un esfuerzo pudo abrir su boca, dilatando los labios e introducírselo chupando la cabeza lentamente como si fuera un chupetín, el médico empujaba y se lo metía hasta la garganta solo aflojando cuando veía que ya no podía respirar, empezando un mete saca por la boca descomunal, yo estaba que no daba más, la visión de mi hermosa mujer con ese pedazo en la boca, me había hecho tener una eyaculación, mi esposa siempre se negó a practicar el sexo oral, aunque logré que algunas veces me lo hiciera, no lo hacía con el gusto y el entusiasmo que estaba poniendo ahora, chupaba, lamía y le pasaba la lengua por la punta como una experta. Una tremenda duda se me cruzó en ese momento dándome cuenta de la vejación que le estaban practicando a Andrea, se me cruzó la idea de ir a protestar y detener ese acto, pero la excitación y mi voyeurismo pudo más. Mientras tanto, Andrea tuvo un orgasmo gracias a los dedos que seguían revolviendo su vagina. Luego el médico sacó un dedo de la vagina y lo empezó a introducir en el ano, que se empezó a dilatar con los jugos de la vagina, mi esposa pegó un respingo al sentirlo, y gritó, me ardeeeee, el médico le dijo y te va a doler más, puta. Así con un dedo en cada agujero tuvo su segundo orgasmo, mientras el médico le llenaba la boca de semen, que se le escurría por las comisuras de los labios. Trágatelo todo, puta, le dijo, te va a hacer bien, le gritó el médico, ella haciendo arcadas tragó todo lo que pudo y el resto se le derramó por su cuello y sus pechos. Luego de esto el médico la levantó y la sentó, besándola en la boca, revolviendo su lengua dentro de la boca de ella, a lo que ella le respondió con un abrazo y un beso de lengua muy entusiasta. Él la acostó nuevamente y empezó a besarle sus pechos y morderle los pezones, mi mujer mientras tanto le masajeaba la pija para que se vuelva a endurecer!!! Quería más pensé.!!!! En eso sonó el teléfono, él se volvió y fue hasta el escritorio atendiendo la llamada, dejando mi mujer gimiendo, sentí que le decía - no te vayas, volvé, quiero más, mucho más, -Hola dijo él, estoy atendiendo, pero venite que tengo una mina que esta reemputecida y con la pija mía sola no le va a alcanzar, fíjate cuando vengas si el marido esta en la sala de espera, pobre boludo no sabe la cogida que le estoy dando a su mujercita, que está rebuena, dale te espero-. Regresó al borde de la camilla, mi mujer se había puesto de costado, y se acariciaba su clítoris, entonces él mirándola fijamente, se dió cuenta que estaba para cualquier cosa, - que buen culo tenés, déjame que te lo voy a destrozar le dijo, y así te volverás la mejor puta. Nooo dijo mi mujer, por ahí no, la quiero en mi concha, dijo al ver la enorme pija endurecida nuevamente, en eso entró otro hombre, pensé que era el del teléfono, cuando lo vi casi me caigo, era un negro descomunal y feo, -Hola Jair dijo el médico, ahora probarás una putita insaciable. Se dio vuelta hacia mi esposa y le dijo - Andrea este es Jair un médico residente africano, que está terminando su preparación en esta clínica, ella lo miró con los ojos inyectados por el deseo y no dijo nada. El negro al ver a mi esposa desnuda y ansiosa de ser cogida, se empezó a desnudar y se puso parado al lado de la camilla en la parte de adelante, al alcance de la cabeza de mi esposa, cuando se bajó el slip apareció un miembro monstruoso, largo y con la cabeza mas clara, que inmediatamente buscó la boca de Andrea, que la empezó a chupar de costado hasta introducírsela en la boca, pudo porque todavía no estaba endurecida del todo, pero empezó a hincharse y la boca de ella se inflo como un globo mientras el negro, la empujaba y la sacaba repetidamente, el médico mientras estaba introduciéndole el pene en su vagina, que a pesar de lo mojada que estaba, no alcanzaba a dilatarse, y ella gemía y se sobresaltaba del dolor, yo estaba extasiado viendo a mi mujer con 2 pijas en su cuerpo, la vagina empezó a engullir a la enorme pija del médico de apoco, y él la metía hasta la mitad y la sacaba, y así fue introduciéndola más adentro, en eso mi mujer que se había sacado la pija del negro de la boca y la estaba masajeando entre sus pechos, dijo, por favor, métemela toda, quiero que me llegue hasta el fondo, con mi marido nunca me llega. Entonces el medicó se la metió toda y gozaba como enloquecida y obnubilada con las caricias del negro buscaba algo más, el médico le sacó la pija y la hizo levantarse y bajarse de la camilla, mientras estaba parada, la magreaban entre los dos, pellizcando sus tetas, y amasando su culo, el negro se acostó boca arriba en la camilla y su pija ya endurecida se elevaba como un obelisco, el médico le dijo -Andrea súbete y cabálgalo, a lo que mi mujer obedeció, se subió arriba del negro, sus pulseritas en los pies seguían haciendo ruido, y se colocó encima de la enorme pija, casi se tuvo que parar para colocarla en su entrada y aunque ya tenía la vagina dilatada, tuvo que abrirse más para dejar entrar la pija del negro mas gruesa y mas larga, de a poco y muy lentamente fue entrando y cada centímetro que se introducía, le provocaba un espasmo de dolor y placer a la vez, sacudiendo su cabeza y su bello rostro se contraía por las sensaciones recibidas, empezaron los dos a meterla y sacarla cabalgando mi esposa con entusiasmo, pero siempre gimiendo y gritando cada vez que se le introducía hasta que llegó hasta lo mas profundo porque a pesar de que todavía no le entraba toda, sobraban unos centímetros de pija afuera, rebotaba su cuerpo para arriba como si ya se estrellara contra su fondo, se ve que le llegaba y lastimaba, porque vi un hilillo de sangre que le salía de la concha. Ella se sacudía en brutales orgasmos, y a la vez le caían lágrimas del dolor. El médico mientras le trabajaba en el culo, esperó un rato que Andrea se cansara de cabalgar y la puso en 4 patas y siempre con la pija del negro enterrada, le acercó el descomunal glande en la entradita de su ano, ya un poco lubricado por el dedo anteriormente, empujó de a poco introduciéndose trabajosamente. NOOOO gritó, Andrea, no lo hice nunca por ahí, Seguro putita, por qué te crees que lo invité a Jair, si con una sola pija no te alcanza. NOOO seguía gritando Andrea, para mi esto era demasiado, yo nunca se lo había podido hacer por el culo, e iba a entrar en el consultorio y parar este atropello, pero me vino otra eyaculacion en ese momento y seguí observando sin intervenir.

La pija del médico se iba introduciendo trabajosamente en el culo de mi esposa, dilatando su esfínter, ella no dejaba de gritar, y también observé, que le había roto el culo, porque salía sangre, pero al médico ni le importó y siguió empujando hasta meterla toda adentro, y sus bolas golpearan las nalgas de mi mujer, le amasaba las tetas que se bamboleaban por el movimiento continuo, y le pellizcaban los pezones y se turnaban para estrujárselos y el negro además desde abajo se los chupaba y mordía fieramente, bombeaban ambos por los dos lados, estuvieron así un largo rato en el vaivén del mete y saca y mi mujer ya no gritaba y solo gemía de placer, su cabeza se sacudía con las embestidas y su cabello danzaba de un lado a otro al ritmo de la cogida, totalmente llena con las 2 tremendas pijas cavando en sus hoyos tuvo varios orgasmos seguidos, cosa que nunca le había podido hacer yo, entretanto el negro también eyaculó abundantemente dentro de mi esposa, que ya llena de leche, se escurrió bastante afuera como un río de semen entre sus piernas, - Si te embarazo yo, tu marido sí que te va a matar-, dijo, el negro, le saco la pija despacio y le obligó a ella a lamérsela y limpiarle toda la leche, y se la terminó de limpiar en su pelo, mientras le seguía estrujando las tetas, que parecía que tenía una fijación, ya que dijo, que eran las mejores tetitas que había visto.

El médico, mientras tanto, seguía perforando su culo y cuando se vino dentro de ella, le llenó los intestinos con otra dosis de semen, que se le mezclaba con el hilo de sangre que le salía del ahora enorme hoyo, - me arde gritaba mi mujer, a lo que el médico le decía, enséñale a tu marido como tiene que hacer para excitarte.

Mi mujer se bajó de la camilla y con la cara completamente desencajada, se dirigió al biombo donde había dejado su ropa, -deja la bombacha para mí y el corpiño para Jair dijo el médico, sin esas prendas se empezó a vestir, le dolía todo el cuerpo y su vagina y su culo habían quedado completamente abiertos y dilatados. Tus músculos tardaran un tiempo en volver a su estado normal, dijo el médico, así que trata de no coger por 4 o 5 días por lo menos.

El médico y el negro se vistieron y él le dijo, volvé dentro de una semana, para llevarte los análisis, y vemos ese culito a ver como sigue, y de paso te damos otra cogida como ésta, - Bueno dijo mi esposa, dándole un largo beso de lengua, mientras ella estaba terminando de vestirse, yo me bajé del tacho, me arreglé la bragueta y el pantalón manchado con mi semen, y volví rápido a la sala de espera, en eso sale el médico adelante de mi mujer y me dice, - querido amigo, su esposa está rebién, parece una adolescente tardía, pero tiene que volver semanalmente para que sigamos la evolución del tratamiento y además tiene que evitar las relaciones sexuales por lo menos hasta la próxima semana, que la revisaré nuevamente. - hijo de puta pensé yo, buena hembra te has tirado, y además la quieres para tí y tu amigo solamente. Mi esposa me abrazó y me besó, y yo sentí el gusto y el olor a semen y pijas de su boca, pensé en echarle en cara lo que había sucedido, pero dudé, y lo deje para después cuando estuviéramos en casa, ella caminaba con dificultad, yo le pregunté si le había dolido, y ella dijo que estaba toda dolorida y no podía cerrar las piernas, - es por el tratamiento contra las hemorroides dijo ella, - sí asentí, yo, total ella no sabía que yo, lo había visto todo. Pero después mientras íbamos en el auto, pensé que si le decía algo, me iba a perder la próxima sesión dentro de una semana.

viernes, 15 de agosto de 2008

Relatos Eróticos: Mi Bella Residente

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Dos doctoras en una guardia del hospital terminan en la habitación de los residentes explorando su sexo.
Estoy segura que al leer estas líneas muchos de mis amigos sabrán quién es la osada que rompe con los esquemas que nos impone la sociedad a las mujeres. Durante toda mi vida he sido muy popular, será por mi carácter amable y alegre o porque, como me dicen, tengo un cuerpo tan formidable que muchas veces a los chicos se les hace imposible verme sin dirigirme la palabra.

Me llamo Margarita y al momento hago mi residencia en el Hospital Primero de Mayo del Seguro Social. Tengo 28 años.

Hoy quiero compartir con toda la red una experiencia que me ocurrió no hace mucho, durante una guardia en el Hospital Rosales, mientras hacía mi internado en Cirugía. La noche había sido terrible y la faena ardua. De tal modo que a la una de la mañana estaba tan cansada que ya no podía más y casi me derrumbaba por el sueño. Así que para espabilarme un poco, salí del pabellón donde estaba de turno y me dirigí a la cafetería del hospital por un café. El resto de la madrugada se veía que iba a estar tranquilo. La emergencia estaba casi vacía, salvo por un par de heridos que habían llegado recién y ya eran atendidos por algunos compañeros.

Llegué al cafetín, pedí un café y me senté a paladearlo con toda tranquilidad. Rato después, apareció por la puerta de la cafetería la doctora Osorio. Inconfundible por su alta estatura y porte elegante y majestuoso. Era una residente de primer año de medicina entonces y creo que ni se le cruzaba por la mente llegar a ser neumóloga. Entró a la cafetería y pidió también un café y fue a sentarse a la misma mesa que yo.

-Hola -dijo- ¿qué tal?

-Aquí, tomando un descanso -contesté.

-Sí, ¿verdad?. Estuvo algo pesado el turno.

-Mucho.

Y seguimos tomando café sin decir muchas palabras. La Dra. Osorio era una mujer en verdad soberbia. Era la más alta de todas las residentes, y más que su estatura, destacaba en ella una belleza envidiable. Era blanca, cabello castaño oscuro y ojos café claro. Tenía un cuerpo espléndido y esbelto y un rostro de ángel.

- Oye -dijo sacándome de mis reflexiones- ¿tú te llamas Ángela Margarita, verdad?.

- Sí, ¿por qué?

- Yo me encontré un Manual de Terapéutica con tu nombre y... anduve averiguando de quien se trataba para devolvérselo. Hasta ese momento, recordé que cuando cursaba la rotación de Medicina Interna, durante un seminario dejé olvidado el libro en un asiento del auditórium y que, cuando regresé por él ya no lo encontré. -¿En serio?, no sabe cómo he buscado ese libro. !gracias a Dios que lo encontró usted!

-¿Sabes? -dijo- por las señas que me dieron me imaginé que eras tú.

-¿Cuáles señas?

-Bueno, estatura media, guapa, trigueña, cabello lacio, y...

-¿SÍ?

- Bueno, nalgas grandes y... bonitas...

Se ruborizó al decir aquello, y a decir verdad, yo también. Yo salí con una frase para desenredar el embarazo del momento:

- ¡Qué gracioso!, bueno, pero si ocupa el libro me lo entrega después.

-No -dijo- ya compré uno. Así que hoy mismo te lo puedo entregar.

-¿Lo tiene aquí?

-Sí en la casa de residentes. Si quieres vamos y te lo entrego allá. Asentí. En ese momento yo ya había terminado mi café, pero ella aún tenía la mitad del suyo. Lo tomó en sus manos y nos dirigimos al ala destinada a los médicos residentes. Llegamos y entramos a un cuartito con lo más indispensable: una cama, una silla, un escritorio y un armario. Ella se quitó la gabacha blanca aludiendo demasiado calor y me instó a hacer lo mismo si gustaba. Yo le dije que no sentía calor. -Veamos -dijo hurgando entre las cosas del armario- por aquí tengo tu libro...

Estaba buscándolo a una mano, así que dejó el café sobre el armario y se dedicó a buscarlo con ambas. Revolvió y revolvió como loca el closet sin encontrar el dichoso libro. En un movimiento brusco, el café cayó desde donde lo había colocado por mala suerte, y se desparramó sobre la delgada blusa del traje celeste que llevaba para los turnos. -¡Demonios! -vociferó -permíteme un segundo -me dijo. E inmediatamente se sacó la blusa, dejando semidesnudo su plexo. El líquido había traspasado con facilidad la tela de algodón y había ensuciado su brassier de fino encaje. -¡Vaya! -dijo- ahora voy a tener que lavarlo antes que se le pegue la mancha y sea difícil sacarla después... ¡Y se lo quitó! Se lo sacó sin más ni más, como si en la habitación no hubiese nadie más que ella, como si mi presencia no le incomodase en lo más mínimo. Sus senos blancos quedaron al descubierto, trémulos, desafiantes, macizos, comandados por dos tetillas rosadas erguidas generosamente. En ese momento yo no sentí más que admiración porque la Osorio tenía unas tetas muy hermosas, tal como me gustarían que fueran las mías. Los senos se le veían un poco irritados pues el café aún seguía muy caliente. Para aliviar el ardor momentáneo, echó agua sobre ellos. Al refrescarse, sus pezones comenzaron a tomar una solidez exagerada, como punta de lanza y sus carnes se pusieron más firmes y tensas. Con delicadeza comenzó a lavar la prenda en el lavamanos, y dijo: -Espérame un momento, Margarita. Ya te voy a dar el libro... Al ratito salió con el brassier limpio, lo tendió de un clavo, sacó otra blusa celeste, pero no se la puso, y en lugar de ello se sentó a la par mía en la cama. Siempre he sido una mujer muy liberal pero aquella situación me incomodó un poco. Ahí la tenía, con los senos al aire, hembra magnífica. Se acostó en la cama, cubriendo su desnudez echándose la blusa encima sin ponérsela, y dijo:

-¿Sabes?, me arde el pecho por lo caliente que estaba el café...

-Sí, me imagino.

-¡Ay!, si supieras como siento... -recalcó.

-Debe doler bastante.

-Sí...

Se quedó un buen rato así. Yo no decía nada y ella, al parecer estaba a punto de ser vencida por el sueño. Por fin dijo:

-Si quieres quítate tu blusa...

Yo sabía hacia donde nos estaba llevando con su actitud, ¿pero qué podía perder?. Además, acababa de descubrir que aquello no me desagradaba en absoluto y eso sólo significaba una cosa: me estaba gustando. Con poca prisa me saqué la blusa y el sostén y me recosté al par de ella. -¿Sabes una cosa? -dijo.

-¿Qué?

-Me gustan tus senos.

-A mí me gustan los suyos también -dije.

-¿Quieres tocarlos? -preguntó.

-Si me deja...

-Hazlo... Y tomó mis manos llevándolas a posarse sobre sus dos masas pectorales que se estremecieron bajo mis manos que empezaron a jugar con ellos con mucha naturalidad y a estimular sus pezones como si esa no fuera la primera vez que se lo hacía a otra mujer. Rosario tenía los pechos más suaves y dóciles que yo había tocado hasta entonces. Sus carnes se distribuían exquisitamente entre mis dedos causándonos a ambas un enorme placer. Rosario gemía y respiraba profunda y agitadamente, indicio que la excitación crecía cada vez más dentro de su magnífico cuerpo. Aquello me encendió sobremanera y entonces puse en juego mi otra mano también. -Vamos, Margarita -dijo- súbete encima mío.

Abriendo mis piernas, me senté a horcajadas abrazando con mis muslos su pelvis y continué el delicioso masaje pectoral al que la tenía sometida. Ella comenzó a acariciar mis pechos también con sus manos blancas y estilizadas. Fueron pocas fracciones de segundos las que ocupó para lograr que mis pezones se pusieran tan duros como los suyos. En verdad soy una mujer que necesita muy poco para excitarse. Sin embargo, en esa ocasión, con aquella hembra colosal me estaba probando una experiencia diferente.

Ella pasó sus manos delicadas detrás de mi cuello y me atrajo hacia sí y sus labios se fundieron con los míos en un beso apasionado y violento. Casi me ahogaba al deslizar su lengua dentro de mi boca, reconociendo con ella todos sus rincones. Con una de sus manos revolvía mis cabellos mientras con la otra acariciaba mi torso desnudo. Cuando soltó mis labios pude respirar por fin con un hondo y agitado suspiro. Empero, ella no permaneció quieta ni un instante, me volteó y quedé debajo de ella y su boca ávida siguió acosando de besos mi cuello, mis hombros y la parte superior de mi pecho. La excitación había hecho presa de mí desde hacía ratos, pero ahora parecía incontrolable, pues la doctora me encendía cada vez más y más y una sensación ardiente comenzó a socabar mi pecho y mi vientre. No era la primera vez que tenía sexo con una mujer. Por el contrario. Ya entonces había perdido la cuenta de cuantas chicas habían probado junto a mí los deleites del sexo puro y duro. Sin embargo, Consuelo tenía algo distinto, algo especial. Ella estaba casada y ya tenía un hijo, y quizás mi excitación consistía en que nunca lo había hecho con una mujer comprometida... y madre sobre todo. Los pensamientos se arremolinaban en mi cerebro en un torbellino desaforado sin orden, abruptos, locos, mucho más rápido que las sensaciones que experimentaba bajo el influjo y el peso del cuerpo de la mujer sensual que desparramaba sobre mi ardientes caricias y besos frenéticos. En la locura de estar bajo el influjo de aquella hembra formidable, no supe de mí, del momento en que ella nos desnudó por completo, sino hasta que ya tenía sus labios pegados a mi vulva, metiendo lenta y profundamente su lengua dentro de ella. La humedad y el roce me producía una mezcla de cosquillas, escalofríos y estremecimiento indescriptible con palabras. Éramos, como se diría, dos hembras fuera de lo común, haciendo de un lado la modestia. Ella, como ya la he descrito, alta, espigada, bien proporcionada; yo de estatura media, rellena, pero todo bien distribuido. En tanto su lengua literalmente trapeaba toda mi vagina, comenzó a encajar uno de sus dedos en mi ano. ¡Fatal! Yo no sé si ella estaba enterada, pero lo que más me enciende es eso: que me manipulen el culo. Es algo que en un santiamén me pone a mil. Es el máximo placer que puedo sentir de un hombre o de una mujer. Con eso logró llevarme al primer orgasmo "en un dos por tres". Como entonces comencé a gemir alocadamente (como siempre que voy a "terminar"), ella me tapó la boca introduciendo en ella lo primero que cogió con la mano: la blusa que se había manchado con el café.

Aunque yo ya había alcanzado el orgasmo, Consuelo no paró de lamerme y chuparme la torta, era una hembra pertinaz, resistente en lo que hacía. Ya la mezcla de mis jugos y su saliva bañaban buena parte de sus mejillas y resbalaban entre mi ingle, empapando las sábanas, pero ella continuaba con la succión. Una, dos, tres, cuatro veces más me hizo explotar en oleadas orgásmicas, una tras de otra sin control, estremeciendo por completo mi cuerpo. Por fin se cansó de las chupaderas y distanció su boca de mi sexo. Sin embargo, aún su dedo seguía enterrado en mi culo y fue entonces cuando éste entró en verdadera acción. Originalmente lo había metido hasta la mitad, pero fue deslizándolo, rápida pero suavemente hacia adentro, profundo, por completo, una y otra, y otra vez hasta casi alcanzarme el fondo de mi pelvis. Aquí les confieso que muchas veces antes he hecho el sexo anal. No era la primera vez, es más, hasta perdí la cuenta de docenas de vergas que me han acometido por mi hoyito posterior. Sin embargo, no sé que tenía Consuelo que solamente con un dedo me estaba llevando mucho más allá del placer que me habían proporcionado antes. Lo atribuyo a la excitación del momento, quizás o tal vez a la forma en que ella lo dirigía y que sabía exactamente qué puntos tocar dentro de mi recto para hacer que me desmoronara en un mar de deleites. En total me hizo alcanzar el orgasmo 8 veces en un lapso de cinco minutos. ¡Un nuevo récord para mí!. Ella sacó el dedo de mi ano, visiblemente agotada por el esfuerzo y se desplomó en la estrecha cama. Aunque sabía que debía dejarla descansar unos minutos, la excitación que tenía en mis adentros era tanta que no quería desaprovecharla: después no sería lo mismo. Tiré el trapo que tapaba mi boca y sin decirle nada la volteé boca abajo, le alcé las caderas dejándola en cuatro puntos y me apropié de su vulva, embistiéndola por detrás. Desde el primer contacto, mis mejillas y mi barbilla quedaron llenas de sus secreciones, que en ese momento ya eran abundantes; mi lengua profanó aquella intimidad cavernosa hasta lo más profundo. Mi excitación se multiplicó al millón al darme cuenta que, como mujer que ya había tenido hijos, su vagina era más amplia, y me permitía introducir buena parte de mi rostro por lo menos hasta la entrada y con mi lengua podía explorar mucho más dentro que lo que había hecho con mujer alguna. A todo esto, Consuelo era una gran muñecota blanca poseída por demonios de placer que convulsionaban su esplendoroso cuerpo y lo hacían estremecerse, gemir, y revolver las caderas como una loca, como nunca había visto a nadie disfrutar. Era tanto el placer que su cabeza parecía un péndulo descoordinado, instantes enterrado en las almohadas e instantes alzado y revolviéndose como negándose a creer la inmensa satisfacción que estaba experimentando. - Mete tus dedos, mi amor, mételos! -dijo en un instante que sus gemidos se lo permitieron. - Yo introduje un par de dedos dentro de su vagina, teniendo que disminuir la presión que mi boca ejercía dentro de su vulva.

- No, ahí no. -dijo- ¡en mi culo, mételos en mi culo! A diferencia del mío, su ano era más estrecho, más firme, menos "usado". Por eso me costó un poco hacer que mi dedo índice penetrara hasta el fondo. Pero el estímulo de algo dentro de su recto fue haciendo que el esfínter aflojara poco a poco hasta que pude con menos dificultad, meter otro simultáneamente. ¿para qué voy a explicar con palabras lo que decía o como gemía locamente? Solamente imagínense. Cuantas veces se vino, no sé. Solamente me di cuenta que su vagina manaba caudalosamente un jugo hialino y ralo que prácticamente bañaba sus muslos y mi rostro. Por fin, hasta el cuerpo joven y resistente de Consuelo tiene un límite y por fin cayó, impotente de mantenerse en cuatro, sudorosa y exhausta. Yo tenía un poco más de fuerzas, pero con lo que habíamos tenido bastaba para estar satisfecha. Caí recostada sobre aquella diosa blanca, colosal y ardiente. Mi "médico residente" hasta hace unos momentos y ahora, mi amiga, mi mujer, mi amante. - ¿Sabes una cosa, Margarita? -me dijo

- ¿Qué? -pregunté

- Es mi primera vez.

- ¿En serio? Pues lo hiciste muy bien.

- Sí, Hugo y yo vemos películas XXX con frecuencia y allí he aprendido lo que te hice.

-¿Y desde cuando te gustan las mujeres? -pregunté.

- Bueno... Fíjate que al principio me repugnaban las escenas de sólo mujeres, después me eran indiferentes porque ya me había acostumbrado a verlas, pero luego hasta me gustaron, y la verdad es que nunca había sentido tanto deseo por una hasta que te conocí. Ya me habían contado muchas cosas de ti y de lo que te gusta y por eso me atreví. Las palabras que me dijo me hicieron reflexionar un poco sobre mi "popularidad", pero sin llegar a la trascendencia de "debo cambiar mi vida un poco, o tengo que moderarme, bla, bla", porque las siguientes palabras me sacaron de mis pensamientos. - Y ¿sabes? No me arrepiento de haber hecho lo que hice hoy. He quedado completamente satisfecha, como nunca antes en mi vida, ni siquiera con mi esposo.

Eso era algo que he escuchado infinidad de veces y ni siquiera hice un comentario. Ella continuó.

- ¡Lástima que sea la última vez que lo hagamos!

- ¿Por qué? -pregunté sin encontrar alguna causa por lo que no debiéramos seguir esa relación.

- Entiéndeme, soy casada, tengo un hijo. Por el bien de mi matrimonio no debo seguir con esto.

- Está bien, como quieras. -hice una pausa-. Debo regresar a mi servicio. Ya deben extrañarme las enfermeras.

- Ok. Yo también. Nos vestimos, tomé mi libro y salimos a nuestros respectivos lugares. Al volver, me esperaba Diana, la enfermera de la Observación Mujeres evidentemente disgustada. - Por qué se tardó tanto, Dra. Trejos? -dijo en tono sarcástico, a pesar de ser buenas amigas.

- Porque tuve que hacer un "procedimiento de emergencia", Srta. Alonso- contesté con la misma ironía. Y me dirigí a seguir mis tareas. Diana me cogió por el brazo y me hizo girar el cuerpo hacia ella, mientras me señalaba amenazadoramente con un dedo. - Mira, Margarita. Te conozco muy bien y sé que algo te traes entre manos. Tú me conoces también como soy y ten por seguro que si me estás engañando con un hombre les va a pesar a los dos. Para aplacarla la empujé hacia el cuartito de baño y dentro le besé en los labios unos instantes y le dije en susurro: - No seas tontita. Te juro que no te estoy engañando con ningún hombre.

- Más te vale. -dijo un poco furiosa todavía y se largó. No pude menos que sonreír ante aquel suceso, Ay, no sé porque a veces me gusta complicarme la vida...

Autor: Margarita Trejos

Relatos Eróticos: Una historia en un Hospital

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Una mujer recibe una gran dosis de sexo cuando se supone
que iba a cuidar a su suegro en el hospital.

Esto me sucedió hace algún tiempo, pero antes quiero decirles que soy blanca, mido 1.64 m., bonitas piernas, culito respingón y pecho talla 36 b y bueno, sucede que en una ocasión mi esposo tenía a su padre internado ya que se encontraba enfermo y mi esposo tenía que apoyar a su hermana en cuidarlo durante la noche, por lo que yo me ofrecí de buena manera a colaborar.

Ese día en la tarde mi esposo fue a comer a la casa y antes de irse a trabajar nos estuvimos besando y acariciando en la sala de la casa y después me puso a darle una chupadita rica en su pene, pero tuvimos que interrumpir todo por que él tenía que regresar a su trabajo y quedamos en dejarlo para después.

Ese día me bañé para estar fresca durante la noche y aprovechando que estábamos en verano me puse un vestido hamponcito de botones al frente hasta casi media pantorrilla, unos zapatos bajitos y un suéter ligero puesto que no hacia frío, pero más valía estar prevenida, después llegué a sustituir a mi cuñada y nos despedimos quedando en que ella pasaría a relevarme a primera hora del día siguiente.

Por lo que todo pintaba demasiado tranquilo y pensé que iba a bastar solo con hacer presencia y que esto se lo merecía mi suegro, él platicó brevemente conmigo y me agradeció que lo estuviera acompañando, después se quedó profundamente dormido debido al medicamento y la debilidad de su enfermedad y yo estando en el reposet que me proporcionaron en el hospital, sin querer también me dormí, en ese tiempo estuve soñando con lo acontecido durante la tarde con mi esposo y cuando desperté me sentía bastante perturbada, sentía claramente el calor en mis mejillas y mi entrepierna con un calor muy peculiar, por lo cual me salí de la habitación y decidí despejarme un poco así que me dirigí hacia el cubo del elevador en donde al pasar me encontré con que ahí estaba un policía y que habían relevado a la señorita de cuando yo llegué.

Lo saludé y me dirigí hacia una ventana que era la toma de luz y me quede observando la tranquilidad de la ciudad, mientras trataba de tranquilizarme, en esas estaba cuando a través del reflejo de la ventana me percaté que el policía no dejaba de observarme el culito y las piernas que se trasparentaban entre la tela del vestido y yo inclusive a propósito y fingiendo distraídamente separé mis piernas para que la transparencia de mi vestido fuera mayor, mientras que lejos de tranquilizarme, sentía cada vez más excitación y a mi mente llegaban con mayor claridad las imágenes de mi esposo en mi boca, mientras disfrutaba de que me estuviera observando con deseo.

Por lo que me dirigí al baño de mujeres y me desabotoné algunos botones de mi vestido a la altura de mis piernas y uno más en mi pecho y regresé al cubo del elevador, me dirigí al policía el cual de inmediato al notar que mi escote era mayor y que ahora podía tener una mejor vista puso cara de deseo y yo satisfecha empecé por comentarle que la noche estaba muy a gusto, muy fresca y que si él no se aburría de siempre estar en las noches en este trabajo, después él me preguntó que si tenía hijos y yo le mentí diciéndole que mi esposo era ya mayor que yo y que él no quería hijos por que ya tenía otros de su anterior matrimonio, de lo cual nada era verdad y también le pregunté si él tenía hijos, me contestó que sí que tenía tres y yo le comenté que era un bárbaro que si se consideraba muy potente, por lo que él me mencionó a las pruebas me remito guerita y se dirigió a mí mirando fijamente mis pechos y tomándome del brazo me dio un delicioso beso en la boca mientras sus manos de inmediato rodearon mi culito, mientras yo le acerqué de inmediato mi vientre sintiendo su pene palpitar contra mi entrepierna, sus manos amasaban mi culito, para después subir ambas manos a mis pechos y los estrujaba deliciosamente, mientras mis manos también le amasaban a él su culito empujándolo contra mi, por lo que el me pidió que regresara en unos minutos mientras encargaba su servicio por que ahí era muy arriesgado estar y podía salir alguien por el elevador, las escaleras o pasar personal del área médica y nos caerían.

Yo me retiré a la habitación de mi suegro solo para corroborar que él continuaba completamente dormido, mientras sentía mi respiración muy agitada, después salí al pasillo para ver si él ya estaba ahí y me hizo una seña con la mano en señal de que ya estaba listo y yo fui hacia donde estaba él y me encontré que lo acompañaba otro policía como de unos 45 años corpulento y con una sonrisa en el rostro que no dejaba de mirarme descaradamente el pecho y las piernas, por lo que yo intuí que él le había contado por qué necesitaba encargarle su lugar y que planes tenía para mi, por lo que yo le evitaba mirar directamente a los ojos por vergüenza, así me deje conducir por el primero por las escaleras de servicio y después entre pasillos, hasta que pasando por algunas calderas me introdujo en un cuarto en el que se almacenaban las sabanas limpias del hospital.

El de inmediato cerró la puerta y tomándome de la cintura de nuevo nos prendimos en un beso y yo llevé mi mano a su pené y se lo acaricié sobre su pantalón, para después sacarlo y sobarlo deliciosamente con mi mano y él me subió la falda de mi vestido y con una mano me acariciaba el culito y con la otra lo llevó a mi entrepierna y con sus dedos acariciaba mi clítoris por lo que yo cada vez me sentía más excitada y fue cuando me agaché para meter en mi boca su rica macana hasta que ya no pude más mientras me llegaban flechazos de lo caliente que me había puesto mi esposo y el sueño que me había completado de excitar y que ahora si me iban a calmar mis ganas de hombre.

El me tomó de los brazos y me recostó encima de unos montones de paquetes de sábanas y desabrochó todos mis botones de mi vestido y después me bajó ambos tirantes de mi sostén hasta dejarlo echo bolas en mi abdomen y sacó rápidamente mi bikini por lo que yo le correspondí desabrochándole el cinturón con lo que cayó al piso su pantalón y él se me subió hasta que poco a poco fue entrando dentro de mi caliente cuevita, y de inmediato empezó un fuerte mete y saca por lo que sentí que él estaba a punto de terminar y yo tratando de que no ocurriera lo empujé para que durara un poco más pero fue demasiado tarde puesto que sentí como caía su lechita en mis piernas y no se que cara puse, por que de inmediato me empezó a pedir disculpas por haber durado tan poco y no le contesté nada, pero sentía mucho coraje, por haberme comportado como una puta y que de cualquier forma era la segunda vez en el día que no podía obtener el placer que yo quería y sentía coraje conmigo.

El se subió casi en automático el pantalón y me dijo que en un instante regresaba que solo iba a darle una vuelta a su lugar de trabajo, por lo que yo empecé a vestirme lentamente mientras pensaba en lo sucedido, y en eso estaba cuando oí pasos y pensé que era él quien se acercaba, pero cual fue mi sorpresa que era el otro policía que lo había sustituido en su lugar, así que instintivamente trate de taparme pero el de dos pasos estaba casi encima de mi y de inmediato metió una de sus manos en mi conejito y empezó a masajearlo, y con la otra mano me rodeó por la espalda para que no me retirara, mientras me decía estás buenísima chiquita y te voy a dar una cogida que hasta papacito me vas a decir putita rica... yo sentí como inmediatamente su pene crecía bajo su pantalón y me lo restregaba en mi pierna mientras con su mano metía dos de sus dedos en mi vagina una y otra vez y yo le llenaba prácticamente la mano de mis fluidos, mientras yo reclinaba hacia atrás mi cabeza abandonándome por completo a las sensaciones que recorrían todo mi cuerpo y sentía su boca chupar fuertemente los pezones por lo que en un tiempo más sentí como mis piernas empezaban a temblar y apretando las manos contra su espalda me llegó un profundo orgasmo y de mi garganta se escapaban gemiditos de satisfacción.

Por lo que después de ésto me inclino hacia adelante y colocándome empinadita, recorrió con la punta de su pené mis labios vaginales y mi ano y yo me dejaba hacer todo por completo debido al placer que me proporcionaba, por lo que él tratando de penetrarme metió la punta de su rica macana en mi ano y yo me retorcí de dolor, por lo que él la retiró y dirigiéndola con su mano la metió lenta pero directamente hasta el fondo de mi vagina y sentía como debido a su grosor me hacia sentir completamente llena y satisfecha, por lo que yo le movía mis caderas de un lado a otro y hacia atrás enterrándome yo misma todo su tamaño dentro de mí, una y otra vez, mientras él me tenía tomada de las caderas y mis pechos rebotaban de un lado hacia otro caídos hacia el frente y yo sentía sus manos recorrer mi espalda y como acariciaba mi nuca y mi cabello, para después tomándome desde atrás de ambos pechos empezar con un mete y saca demasiado fuerte y con sus manos sentía que parecía que quisiera arrancarme los pechos, por la fuerza que hacia en ellos mientras mi cuerpo sudaba y sentía escalofríos, para después caer en un orgasmo más mientras el seguía entrando una y otra vez dentro de mi, por lo que él dejó caer su cuerpo sobre mi espalda y yo quedé prácticamente recostada boca a bajo y él aumentaba el ritmo de sus caderazos y yo prácticamente no podía acompañarlo con sus embestidas por lo que opté por solo mover de un lado a otro mis caderas, de mi garganta salían gemiditos de placer que pensaba podrían escuchar, pero que no podía reprimir en mi pecho, después de esto, retiro su pené y lo dirigió a mi culito con su mano, por lo que yo trate de quitarme pero el tenía en mi espalda todo su peso de su abultado abdomen y así empecé a sentir como entraba fuertemente dentro de mi ano y no pude más que gritar por el dolor que sentía, pero él no hizo ningún caso a mi dolor y empezó a entrar y salir fuertemente por mi culito y yo sentía como si me estuviera partiendo en dos por el dolor, el cual poco a poco disminuyó y fue sustituido por un enorme placer por lo que yo apretaba las sábanas con mis manos, mientras disfrutaba enormemente de este hombre que me estaba haciendo disfrutar de lo lindo.

Hasta que sentí que empezó a respirar más fuerte y tomándome por los hombros con sus manos me atraía a él y pude sentir como su pene se inflamaba dentro de mi a cada una de las emisiones de leche que mi dolido culito recibió con gusto, por lo que tratando de sentir mas profundo su placer llevé mis manos hacia atrás tratando de apretarlo contra mi tomándolo de los costados de sus caderas y él se recostó por completo en mi espalda, para después salirse de mi y embarrarme los restos de esperma en mis piernas y glúteos y se despidió diciéndome que tenía un culito muy rico y que cada vez que quisiera verga no dudara en buscarlo, se subió los pantalones y yo me quede recostada boca a bajo disfrutando del momento y descansando de la dosis de sexo recién recibida.

Después de no más de cinco minutos, escuché pasos que se dirigían hacia mi y traté de incorporarme, cuando se abrió la puerta y era de nuevo el mismo chico que me había cogido inicialmente, él se dirigió hacía mi y me dió un beso en la boca y después se sacó el pantalón, el cual calló hasta el suelo y de inmediato llevé mi mano a su pene el cual estaba de nuevo listo por lo que me agaché y lo chupé de principio a fin incluyendo sus ricas bolitas, por lo que sentía su pene aún más inflamado que un rato antes , él me sentó sobre los montes de sabanas y colocó su pene a la entrada de mi sexo y me empezó a penetrar deliciosamente mientras yo le rodeaba la cintura con mis piernas y nos manteníamos abrazados y besándonos y sus manos recorrían mi espalda y mis glúteos, para después ambos tener un delicioso orgasmo al mismo tiempo mientras nos abrazamos fuertemente tratando de prolongar aún mas el momento, después se retiró de mí y tomándome de la cabeza me llevó hacia abajo a su pene, el cual de nuevo metió en mi boca y lo chupé fuertemente hasta que quedó completamente limpio y me tomó de los brazos, me ayudó a vestir y arregló su ropa, y en el camino hacia el piso en donde estábamos inicialmente me dijo que le había gustado mucho y que él estaba un día sí y dos no y que si quería podía ir a buscarlo nuevamente.

Cuando llegamos al lugar donde se encontraba su compañero esperándonos y al vernos se levantó del escritorio y dirigiéndose a mí me agarró con sus dos manos el culo y después ambos pechos, con una sonrisa cínica dibujada en la cara y me decía que si no quería mas y yo solo me sonreía con cara coqueta y me sentía como una cualquiera aceptando sus vulgaridades y feliz por la dosis de sexo que me dieron estos dos hombres, además de que en honor a la verdad el que mejor lo hacía y mas excitación me había proporcionado era el señor gordo y grosero, que el joven, por lo que después me retiré a la habitación de mi suegro y ahí note que este dormía profundamente y me recosté el en reposet, y mi mente llevaba bien presente lo ocurrido así como mis dos orificios llenos de leche, así me dormí un par de horas antes de que amaneciera.

Llegada la mañana, me despedí de mi suegro no sin antes recibir su agradecimiento por haberlo cuidado durante la noche, al salir note que de nuevo quien cuidaba era una mujer, me despedí de mi cuñada quien sería quien me sustituiría y me dirigí a mi casa, cuando llegue mi esposo estaba por salirse a trabajar, también me agradeció que le hubiera apoyado en el cuidado de su papá, yo le dije que no tenía por que hacerlo, que de hecho había sido muy sencillo y que si él quería y dejaba que me repusiera del sueño un par de días podía cubrir a su hermana de nuevo, por lo que él aceptó de buena manera y lo fuí a despedir a la puerta en donde le dí un besito y me retiré a dormir un poco más, pues tenía que estar bien para dentro de unos días cuidar de nuevo a mi suegro.

Autor: Alma